Sexo feminista prostitucion

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Las relaciones al interior de nuestro grupo de mujeres escritoras fueron el telón de fondo para muchas de mis creencias sobre lo que ahora es conocido como trabajo sexual. Aquí conocí a mi primera mentora feminista, Marcia Womongold, quien escribió Pornography: Marcia me hizo conocer el trabajo de Merlin Stone sobre la mitología de las diosas, Ancient Mirrors of Womenhood. Yo admiraba la posición aguerrida de Marcia y su crítica desvergonzada y celosa del privilegio masculino.

Aunque aprecié cómo mi mentora me marcó con su feminismo, Hinda Paquette, una stripper-poeta de nuestro grupo de escritura, se quejaba que de la posición anti-porno de Marcia era sentenciosa y condescendiente. Yo estaba interesada en esta dicotomía, y en su cuasi tórrido romance. Discutí mis preguntas sobre feminismo y la industria del sexo con mis amigas, pero la mayoría tenía poco para decir. Finalmente, Celeste Newbrough, una admirada vieja feminista, poeta y activista lesbiana, me confió que ella hacía "salidas" cuando necesitaba dinero.

Yo estaba shockeada e intrigada. A mediados de los años setenta, hice el tour de Women Against Pornography en los negocios porno de Boston.

Su perspectiva me recordó las veces que yo había sido llamada una "zorra" y la vergüenza que sentí por ser femenina. Me sentí protectora de mis hermanas desnudas -ahora lo llamamos "empatía hacia las putas". Me di cuenta de que las perspectivas feministas de las activistas anti-porno no coincidían con mis creencias. Ser castigada como una zorra fue parte de la manera en que fui oprimida por el patriarcado que condenaba mis inclinaciones sexuales. La ideología anti-porno evocaba esa condena.

De todas formas, no quería tomar partido. Las mujeres en las revistas porno me hacían sentir a la vez expuesta y envidiosa. Para ya había tenido demasiado de la atmósfera mezquina y represiva de Boston.

Mi remera decía "New England es para los masoquistas". Quería estímulos, aventura e inspiración para mi poesía. Me mudé a San Francisco y de repente me encontré bastante sola. Mi amante, quien se había mudado conmigo desde Boston, rompió conmigo.

Comencé a trabajar como moza pero no ganaba lo suficiente para pagar las cuentas que había acumulado al mudarme. Mi jefe empezó a estar encima mío.

Sin amigos ni dinero, me sentí desesperada. También había tenido fantasías de ser una prostituta pero nunca lo había considerado seriamente. Marcia Womongold lo habría desaprobado, pero ella estaba a tres mil millas. Después de todo Gloria Steinem había trabajado como conejita de Playboy y había escrito sobre ello.

Ernest Hemingway había ido a la guerra y había escrito sobre ello. Ti-Grace Atkinson en Amazon Odysey, había retratado a las prostitutas como luchadoras callejeras en las líneas de fuego de la batalla de los sexos. Tal vez yo podía trabajar como prostituta. Al menos podía intentarlo Tomé un trabajo en un salón de masajes. Desde el primer día estuve fascinada. Entré al salón y fui contratada inmediatamente.

Me sonaba a propaganda patriarcal. Me pidió una francesa, yo no sabía qué era eso pero pude adivinarlo. Así como el feminismo había sido una revelación para mí, también lo fue la política de la prostitución.

La realidad cotidiana de mi vida como prostituta marcó un impactante contraste con mis concepciones previas. Estaba entusiasmada e intrigada con este ambiente, trabajando con mujeres de todo el mundo quienes eran sorprendentemente fuertes e inteligentes.

Con el tiempo desarrollé amistades con estas mujeres, ampliando la conciencia social que tenía como joven universitaria de clase media. Mi propia experiencia había resultado lo contrario a lo que me habían dicho que sería.

El sexo en mi vida personal se convirtió en algo excitante. El sexo con los clientes a veces me molestaba y a veces me interesaba. Pero yo había aprendido mi lección como feminista, no me avergonzaría de este "trabajo de mujeres". Examiné mi ética feminista a la luz de esta nueva ocupación que había encontrado. La contradicción había sido siempre obvia para mí.

Estaba supuestamente abrazando mi ser mujer a través de la censura de cualquier expresión cultural de la "femineidad", desde el comportamiento a la ocupación pasando por el vestuario.

Pero ahora la serpiente había asomado su cabeza y ofrecido la fruta prohibida -el mito patriarcal que me hace a mí, la mujer sexual, responsable por el pecado original y todo el sufrimiento del mundo-. Necesitaba contribuir a desarrollar una política feminista que ayudara a mis amigas y a mí a navegar en estas contradicciones. Ella había sido degradada y cosificada nuevamente por la retórica feminista y no existía como persona real en las comunidades feministas.

Yo había pasado años trabajando con mujeres para mejorar la imagen de las mujeres, invocando diosas e inventando guerreras en nuestra prosa. Pensé en las prostitutas. Ahora había una imagen que necesitaba ser mejorada. Cuando miré por primera vez en ese espejo y dije "ahí hay una prostituta" supe que redefinir la prostitución desde la perspectiva de las prostitutas sería el trabajo de mi vida.

Aunque a través de la historia las mujeres artistas posaron desnudas y se prostituyeron para obtener su sustento, existen pocos registros de ellas salvo aquellos de los artistas varones que las representaron.

Las mujeres fueron exitosamente silenciadas -o por otros, o por su propia vergüenza paralizante-. Pero a partir de ahora sería diferente. Pasé mucho tiempo desarrollando ideas en conjunto con otras prostitutas que conocí en salones de masajes, a través de COYOTE, en grupos de apoyo a las trabajadores sexuales como "New Bohemian Prostitute Club" o COW Can of worms y con mujeres como Lilith Lash a quien conocí en el ambiente de la poesía de San Francisco.

Me sentí de vuelta tanto testigo como participante del comienzo de una nueva visión. Las revelaciones se sucedían, principalmente sobre cómo mi rol de prostituta se relacionaba con los roles de las mujeres en general y sobre cómo el estigma y la vergüenza asignada a las prostitutas evitaba que otras mujeres comprendieran cabalmente estos roles.

Se hizo evidente para mí que, como otras mujeres, había sido criada para intercambiar sexualidad por supervivencia o alguna ventaja social por ejemplo un buen esposo o novio. No podían reconocer este "estado de prostitución" en el cual vivían porque una no puede admitir que es una puta.

Parecía imposible salir de esta atadura sin reconocer que todas éramos parte de alguna forma de prostitución -las "buenas mujeres" las novias y esposas y las "malas mujeres" las putas y las bolleras -.

Mis prioridades se alinearon con el objetivo de terminar con estas divisiones entre las mujeres basadas en los distintos contratos que habíamos hecho con varones con el propósito de sobrevivir. En otras palabras, quería crear un espacio en el feminismo en el cual incluso las malas mujeres pudieran decir la verdad sobre sus vidas y entonces comenzar a analizar y generar estrategias desde ese lugar.

Las palabras usadas para definirnos acumulaban la historia de siglos de insultos. Algunas feministas usaban insultos contra nosotras como puta y la censura de la pornografía 4 como herramienta contra el actual comercio sexual.

La palabra "prostituta" estaba como mínimo marcada. De hecho "prostituta" es también otro eufemismo como mujer de la noche, trotacalles, mujer de vida alegre, etc. El eufemismo oculta nuestra "vergonzosa" actividad. Algunas prostitutas no usan el término para describirse a ellas mismas pues quieren separarse de sus connotaciones negativas por ejemplo rebajarse a uno mismo. En contextos políticos yo me refiero a mi misma como prostituta para dotarlo con cierto orgullo, aunque raramente usamos esa palabra para referirnos a nosotras mismas, preferimos "chicas trabajadoras".

Pero aquel término choca con mi formación lingüística feminista. Había intentado presentarme como una suerte de embajadora en este grupo. Encontré la sala del taller sobre prostitución. En el planteamiento de De Miguel hay, finalmente, una no explícita ni suficientemente articulada, pero sí recurrente, concepción sobre moral sexual en general: Conocemos la historia y sus pormenores porque la familia de D.

Ella fue finalmente procesada y sometida a juicio, en el que la cuestión del consentimiento de D. El hermano de D. Fue condenada a doce años de prisión por dos delitos de violación. En , cuando contaba dieciocho años, William Peace, profesor de Humanidades de la Universidad de Syracuse, quedó paralítico de resultas de una lesión medular. En el centro de rehabilitación donde fue ingresado le enseñaron durante meses a poder desarrollar por sí solo las actividades esenciales de la vida, pero una pregunta le rondaba persistentemente: Peace, que desarrolló finalmente una vida feliz y llegó a ser padre, se muestra eternamente agradecido a esa enfermera que reafirmó su masculinidad y con quien mantuvo contacto hasta su muerte: La pregunta que nos haremos en primer lugar es: Considere el lector el relato de hechos probados de la Sentencia del Tribunal Supremo del 16 de octubre de Lucia y Daniela, que ejercían la prostitución en Barcelona, acudieron al apartamento de Rosendo junto a un segundo individuo Pedro Miguel para, previo acuerdo del pago de diez mil pesetas por una hora, mantener relaciones sexuales.

Frente a la condena de trece años de prisión por la comisión de un delito de violación impuesta por la Audiencia Provincial de Barcelona, los condenados alegan, entre otras cosas, que el uso de la violencia y la amenaza no constituye el medio para lograr el fin de la relación sexual, sino para disminuir el precio de lo acordado.

Murphy, por su parte, añade otra justificación para castigar la violación de una prostituta: Esto ocurrió desde la aprobación del Código Penal de hasta una sentencia del Tribunal Supremo de Para la evolución de la jurisprudencia estadounidense en este punto, véase Jed Rubenfeld, art.

Las siguientes consideraciones de Alejandro Groizard y Gómez de la Serna a este respecto son suficientemente expresivas de la mentalidad patriarcal imperante: Nada de esto nos parece hoy concebible. Si tomamos como referencia el vigente Código Penal en España, la falta de consentimiento implica alguna de las formas de ataque contra la autodeterminación sexual englobadas en los artículos a violación, agresión o abuso. El bien jurídico protegido por esos delitos, como gustan de decir los penalistas, es el de la autonomía o libertad sexual José Jiménez Villarejo, op.

La muy desafortunada redacción del segundo inciso del artículo Así lo entendió la Sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona de 27 de mayo de en el conocido como caso Saratoga posteriormente casada por el Tribunal Supremo en sentencia de 23 de septiembre de Pensemos en las heridas que nos inflige un cirujano: Acabo de señalar que el consentimiento que hace lícita la agresión física a que nos somete un médico debe ser informado, esto es, no basta con arrancar el mero asentimiento del paciente, sino que éste ha de haber podido barajar las opciones disponibles y valorar los riesgos.

Esta concepción del consentimiento, empero, arrostra consecuencias muy contraintuitivas. Así ocurre si lo que se te pide es ser fiel y también si lo que se te solicita es tener relaciones sexuales. Así como uno tiene derecho a pedir, el otro tiene el derecho de no hacer nada de lo pedido. Pero no, no nos confundamos ni equivoquemos la tesis de Dougherty: Las alternativas, por tanto, parecen claras: Abandonamos, así, la idea de que lo que traduce esa punición es el derecho de todo individuo a señorear el modo en el que llega a darse la relación sexual.

Puede también, por supuesto, haber otras razones para no extender la criminalización, razones que pueden tener que ver con las dificultades probatorias y con el engorroso proceso de judicialización que podría enturbiar la relación afectivo-sexual entre los individuos engañados o defraudados. Pero estas serían razones instrumentales, no basadas en principios.

Para Jed Rubenfeld, con la violación pasa como con la tortura: Quien fue engañosamente llevado a mantener relaciones sexuales, no ha sido violado ni agredido ni abusado sexualmente lo cual, obviamente, no hace del engaño algo inmune a la censura moral. Es momento de recapitular. Las actrices y actores porno así lo hacen, como las prostitutas no forzadas; también quienes deciden participar en los montajes operísticos de Calixto Bieito o de La Fura dels Baus.

Se ha dicho, por ejemplo, que para la mujer prostituta no estamos en presencia de sexo, pues es sólo él, y no ella, quien obtiene placer o desea tal intercambio Beatriz Gimeno, op.

Por supuesto, la prostituta desea, en el sentido relevante, tener la relación sexual condicionada a que se reciproque por parte del cliente con el precio acordado , aunque no obtenga placer.

La cuestión, por otro lado, no puede zanjarse definicionalmente. Y lo extraño es que, para la propia Beatriz Gimeno, la actividad prostitucional no es equivalente a otros usos del cuerpo, como, por ejemplo, dar un masaje Beatriz Gimeno, op.

No es sexo, o no deja de serlo, nos recuerda Gimeno, lo que de manera voluntarista queramos que sea, sino lo que resulta socialmente construido como tal Ibídem, pp.

sexo feminista prostitucion

Marcia me hizo conocer el trabajo de Merlin Stone sobre la mitología de las diosas, Ancient Mirrors of Womenhood. Yo admiraba la posición aguerrida de Marcia y su crítica desvergonzada y celosa del privilegio masculino. Aunque aprecié cómo mi mentora me marcó con su feminismo, Hinda Paquette, una stripper-poeta de nuestro grupo de escritura, se quejaba que de la posición anti-porno de Marcia era sentenciosa y condescendiente.

Yo estaba interesada en esta dicotomía, y en su cuasi tórrido romance. Discutí mis preguntas sobre feminismo y la industria del sexo con mis amigas, pero la mayoría tenía poco para decir. Finalmente, Celeste Newbrough, una admirada vieja feminista, poeta y activista lesbiana, me confió que ella hacía "salidas" cuando necesitaba dinero. Yo estaba shockeada e intrigada. A mediados de los años setenta, hice el tour de Women Against Pornography en los negocios porno de Boston.

Su perspectiva me recordó las veces que yo había sido llamada una "zorra" y la vergüenza que sentí por ser femenina. Me sentí protectora de mis hermanas desnudas -ahora lo llamamos "empatía hacia las putas". Me di cuenta de que las perspectivas feministas de las activistas anti-porno no coincidían con mis creencias. Ser castigada como una zorra fue parte de la manera en que fui oprimida por el patriarcado que condenaba mis inclinaciones sexuales.

La ideología anti-porno evocaba esa condena. De todas formas, no quería tomar partido. Las mujeres en las revistas porno me hacían sentir a la vez expuesta y envidiosa.

Para ya había tenido demasiado de la atmósfera mezquina y represiva de Boston. Mi remera decía "New England es para los masoquistas". Quería estímulos, aventura e inspiración para mi poesía. Me mudé a San Francisco y de repente me encontré bastante sola. Mi amante, quien se había mudado conmigo desde Boston, rompió conmigo. Comencé a trabajar como moza pero no ganaba lo suficiente para pagar las cuentas que había acumulado al mudarme. Mi jefe empezó a estar encima mío.

Sin amigos ni dinero, me sentí desesperada. También había tenido fantasías de ser una prostituta pero nunca lo había considerado seriamente. Marcia Womongold lo habría desaprobado, pero ella estaba a tres mil millas. Después de todo Gloria Steinem había trabajado como conejita de Playboy y había escrito sobre ello.

Ernest Hemingway había ido a la guerra y había escrito sobre ello. Ti-Grace Atkinson en Amazon Odysey, había retratado a las prostitutas como luchadoras callejeras en las líneas de fuego de la batalla de los sexos.

Tal vez yo podía trabajar como prostituta. Al menos podía intentarlo Tomé un trabajo en un salón de masajes. Desde el primer día estuve fascinada. Entré al salón y fui contratada inmediatamente. Me sonaba a propaganda patriarcal. Me pidió una francesa, yo no sabía qué era eso pero pude adivinarlo.

Así como el feminismo había sido una revelación para mí, también lo fue la política de la prostitución. La realidad cotidiana de mi vida como prostituta marcó un impactante contraste con mis concepciones previas.

Estaba entusiasmada e intrigada con este ambiente, trabajando con mujeres de todo el mundo quienes eran sorprendentemente fuertes e inteligentes. Con el tiempo desarrollé amistades con estas mujeres, ampliando la conciencia social que tenía como joven universitaria de clase media.

Mi propia experiencia había resultado lo contrario a lo que me habían dicho que sería. El sexo en mi vida personal se convirtió en algo excitante. El sexo con los clientes a veces me molestaba y a veces me interesaba. Pero yo había aprendido mi lección como feminista, no me avergonzaría de este "trabajo de mujeres".

Examiné mi ética feminista a la luz de esta nueva ocupación que había encontrado. La contradicción había sido siempre obvia para mí. Estaba supuestamente abrazando mi ser mujer a través de la censura de cualquier expresión cultural de la "femineidad", desde el comportamiento a la ocupación pasando por el vestuario.

Pero ahora la serpiente había asomado su cabeza y ofrecido la fruta prohibida -el mito patriarcal que me hace a mí, la mujer sexual, responsable por el pecado original y todo el sufrimiento del mundo-. Necesitaba contribuir a desarrollar una política feminista que ayudara a mis amigas y a mí a navegar en estas contradicciones. Ella había sido degradada y cosificada nuevamente por la retórica feminista y no existía como persona real en las comunidades feministas. Yo había pasado años trabajando con mujeres para mejorar la imagen de las mujeres, invocando diosas e inventando guerreras en nuestra prosa.

Pensé en las prostitutas. Ahora había una imagen que necesitaba ser mejorada. Cuando miré por primera vez en ese espejo y dije "ahí hay una prostituta" supe que redefinir la prostitución desde la perspectiva de las prostitutas sería el trabajo de mi vida. Aunque a través de la historia las mujeres artistas posaron desnudas y se prostituyeron para obtener su sustento, existen pocos registros de ellas salvo aquellos de los artistas varones que las representaron.

Las mujeres fueron exitosamente silenciadas -o por otros, o por su propia vergüenza paralizante-. Pero a partir de ahora sería diferente. Pasé mucho tiempo desarrollando ideas en conjunto con otras prostitutas que conocí en salones de masajes, a través de COYOTE, en grupos de apoyo a las trabajadores sexuales como "New Bohemian Prostitute Club" o COW Can of worms y con mujeres como Lilith Lash a quien conocí en el ambiente de la poesía de San Francisco.

Me sentí de vuelta tanto testigo como participante del comienzo de una nueva visión. Las revelaciones se sucedían, principalmente sobre cómo mi rol de prostituta se relacionaba con los roles de las mujeres en general y sobre cómo el estigma y la vergüenza asignada a las prostitutas evitaba que otras mujeres comprendieran cabalmente estos roles. Se hizo evidente para mí que, como otras mujeres, había sido criada para intercambiar sexualidad por supervivencia o alguna ventaja social por ejemplo un buen esposo o novio.

No podían reconocer este "estado de prostitución" en el cual vivían porque una no puede admitir que es una puta. Parecía imposible salir de esta atadura sin reconocer que todas éramos parte de alguna forma de prostitución -las "buenas mujeres" las novias y esposas y las "malas mujeres" las putas y las bolleras -. Mis prioridades se alinearon con el objetivo de terminar con estas divisiones entre las mujeres basadas en los distintos contratos que habíamos hecho con varones con el propósito de sobrevivir.

En otras palabras, quería crear un espacio en el feminismo en el cual incluso las malas mujeres pudieran decir la verdad sobre sus vidas y entonces comenzar a analizar y generar estrategias desde ese lugar. Las palabras usadas para definirnos acumulaban la historia de siglos de insultos.

Algunas feministas usaban insultos contra nosotras como puta y la censura de la pornografía 4 como herramienta contra el actual comercio sexual. La palabra "prostituta" estaba como mínimo marcada.

De hecho "prostituta" es también otro eufemismo como mujer de la noche, trotacalles, mujer de vida alegre, etc. El eufemismo oculta nuestra "vergonzosa" actividad. Algunas prostitutas no usan el término para describirse a ellas mismas pues quieren separarse de sus connotaciones negativas por ejemplo rebajarse a uno mismo. En contextos políticos yo me refiero a mi misma como prostituta para dotarlo con cierto orgullo, aunque raramente usamos esa palabra para referirnos a nosotras mismas, preferimos "chicas trabajadoras".

Pero aquel término choca con mi formación lingüística feminista. Había intentado presentarme como una suerte de embajadora en este grupo. Encontré la sala del taller sobre prostitución. Vi un papel impreso con el título del taller que incluía la frase "Industria del consumo sexual", estas palabras sobresalían y me avergonzaron.

Al comienzo sugerí que el título del taller debía cambiarse por "Industria del trabajo sexual" porque así se describiría lo que las mujeres hacíamos. En vez de centrarse en proteger a las trabajadoras y los trabajadores sexuales de la violencia y el crimen, las autoridades encargadas de hacer cumplir la ley de muchos países se centran en prohibir el trabajo sexual por medio de la vigilancia, el acoso y las redadas.

Lo que las mujeres que se reunieron ese 2 de junio de querían hacer visible era precisamente la existencia de una estructura que, lejos de ayudarlas a mejorar sus condiciones laborales, crea condiciones de alta vulnerabilidad. Sin embargo, el eje de la lucha por la legalización es abolir condiciones que permitan estas violaciones de derechos humanos por medio de una regulación visible y rigurosa.

Es necesario tener una compresión final del problema para no caer en generalizaciones que, lejos de ayudar a combatirlo, lo refuerzan. Por el otro, la trata de personas , se define en el Protocolo de Palermo como cualquier relación de autoridad y sumisión entre dos personas, con fines de explotación prostitución ajena, explotación sexual, trabajos forzados, esclavitud, servidumbre, extracción de órganos. Un primer paso es conseguir que la prostitución no dependa, al menos materialmente, de un vínculo de explotación.

Después habría que atender el problema de la violencia simbólica contra las prostitutas. Cuando se habla de las causas de la prostitución, se enumeran las razones económicas o sociales que llevan a prostituirse a las mujeres; pero no se mencionan las causas o razones que llevan a los clientes a buscar la prostitución. La prostitución es una de las actividades mejor remuneradas para las mujeres, debido a que cuando ocurre en contextos donde no hay explotación permite libertad de horarios y determinar el salario recibido.

Entre los años sesenta y ochenta, grupos feministas intentaron reivindicar la lucha de las prostitutas por sus derechos humanos y laborales. En , por ejemplo, apareció el B. Las infringen de diferentes maneras, pero todas las infringen. Sus actitudes hacia ellas mismas y otras personas, la orientación de sus metas, sus estilos personales, sus apariencias y la manera de manejar sus cuerpos, todo encrespa y hace sentir intranquilas a las personas.

Las primeras organizaciones de prostitutas con una orientación feminista surgieron en Estados Unidos a principios de los años setenta. En , la Organización Nacional por las Mujeres vota por l a despenalización de la prostitución en Norteamérica.

Mientras tanto, en Europa, las trabajadoras sexuales se organizan y exigen seguridad en su labor.

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